¿Cómo medir la Productividad?*
Sinergiza-T ® - Sistema de Objetivos, Productividad y Resultados
Un tema que nuevamente circula entre empresarios, presidentes de
corporaciones, directores, ejecutivos, industriales y profesionistas, es la
productividad.
Muchos se muestran preocupados por establecer parámetros que permitan medir
el incremento en las ventas y la rentabilidad de sus organizaciones. Pero
cuando se trata de establecer indicadores que midan la productividad
individual surgen diferentes posiciones: a quienes se desenvuelven en el
sector industrial les resulta relativamente fácil apoyarse en técnicas
taylorianas para medir tiempos y movimientos. Para aquéllos que se
desenvuelven en el sector de servicios el problema parece mucho más complejo y
con frecuencia lo abandonan por no hallar una solución adecuada. Aún así, algo
se tiene que hacer para incrementar la rentabilidad, asegurar mayores
beneficios a los accionistas y hacer que las empresas privadas y las
instituciones públicas sean más eficientes.
Los parámetros tradicionales de productividad (económicos o estadísticos),
además de medir el incremento en ventas, buscan reducir los costos, aumentar
la eficiencia en la producción, comparar el mercado y la competencia, analizar
la satisfacción del cliente, etc. Pero, salvo cuando se trata del personal de
ventas o de los ejecutivos que se encargan directamente de hacer negocios,
dejan de lado el aporte de los demás miembros de la organización a los
resultados.
Para llenar este vacío usualmente se recurre al establecimiento de
indicadores que miden la asistencia, la puntualidad, la actitud frente al
trabajo, el aprovechamiento del tiempo, el trabajo en equipo, etc. para luego
asociar los resultados sobresalientes con incentivos o bonos de productividad,
sin embargo dichos parámetros aspectos que, para empezar, no tienen por qué
premiarse ya que cualquier persona que se digne de ser honrada y responsable,
debiera cumplirlos como un hábito normal o una rutina de trabajo.
En ocasiones se recurre a la clásica herramienta de la evaluación del
desempeño. Aunque este instrumento permite medir el cumplimiento individual de
los objetivos del puesto y las funciones asignadas de acuerdo al juicio del
jefe, en la mayoría de los casos los indicadores no están alineados con los
objetivos de la organización y los criterios de evaluación son arbitrarios, lo
que convierte la herramienta en un instrumento subjetivo y poco confiable.
En ciertos casos se llega a recurrir incluso a programas de calidad,
pensando que si bien el propósito no es medir la productividad, se tiene la
idea esperanzada de que ésta pueda ser una solución aún mejor.
Otras respuestas quizás más eficaces pero todavía carentes de una base
confiable que permitan relacionar el impacto de las personas en la
productividad son la capacitación, la implantación de nuevos sistemas, y la
utilización de maquinaria y equipos modernos. El problema con este tipo de
soluciones es que resultan costosas e ineficaces, ya que, sin desmedro de las
bondades de dichos programas, no resuelven el problema de cómo medir realmente
la productividad individual en términos de la contribución de cada individuo a
los objetivos y metas organizacionales, y cómo hacer para incrementarla.
En 1993 se pactó entre gobierno, sindicatos y empresarios, además de un
incremento salarial, se otorgaría a los trabajadores un 2% en bonos de
productividad. Las empresas pequeñas y medianas no supieron nunca cómo medir
ese 2% y el bono se convirtió, en la mayoría de los casos, en algo casi
obligatorio y sin fundamento. A partir de enero de 1997 se renovó el tratado y
se estableció el “Pacto para el Bienestar, la Estabilidad y el Crecimiento” y
el bono aumentó al 3%. Pero actualmente las empresas siguen sin poder
establecer indicadores que midan la productividad de las personas.
El problema comienza por definir qué es realmente la productividad.
Lamentablemente el concepto, aunque está ampliamente difundido en nuestro
medio, pocos tienen claro a qué se refiere exactamente, y menos cómo se mide.
En cierta ocasión, a principios del verano del año pasado, un alto
ejecutivo de una cadena hotelera de gran renombre comentó: “...a nosotros en
este momento no nos preocupa la productividad, nuestra prioridad es llenar los
cuartos....” Obviamente no tenía idea de lo que hablaba, en cuanto a
productividad.
En la psicología del trabajo productividad equivale a efectividad. Según el
diccionario, “productividad es la capacidad de producción, siendo éste un
término análogo a creatividad”. Otras fuentes definen el concepto como “el
porcentaje que mide la capacidad o grado de producción y que se determina
dividiendo la cantidad total producida por la unidad de trabajo, superficie,
etc.” Una definición simplista dice que “productividad es producir más con lo
mismo, o lo mismo con menos”, o sea, optimizar los recursos, aunque en nuestro
medio la fórmula más exacta es “hacer más con menos”. Finalmente, algo es
productivo cuando es útil o genera un resultado favorable.
La palabra “productividad” se deriva de “producto”. Un producto es un
resultado. Si queremos medir la productividad necesitamos enfocarnos al
resultado que se desea obtener a partir de un objetivo específico. De esta
manera, el resultado es la meta que se desea alcanzar, a partir de un
objetivo. Normalmente no distinguimos entre objetivo y meta. El primero indica
el propósito de una acción particular a realizar. El segundo el resultado
esperado de esa acción. El primero es genérico. El segundo es específico y
óptimamente se plantea en términos de cantidad, calidad y tiempo.
La Administración por Objetivos o por Resultados -sin ser éste el único
modelo ni el más completo - establece que los objetivos o resultados deben
medirse cuantitativamente, pero que al mismo tiempo reflejen la calidad del
resultado que se desea obtener. Cuando tratamos con objetivos de actividades
industriales es fácil plantear metas: producir 300 pares de zapatos en 30
días, pintar 16 unidades por semana, reducir el desperdicio de papel 10 %
respecto al mes anterior, etc. Pero cuando hablamos de áreas de servicios, el
producto o resultado aparentemente no es tangible. En este caso se requiere
medir acciones que reflejen resultados concretos: entregar el presupuesto el
día 30 de noviembre, visitar 10 clientes para servicio posventa cada mes,
entregar reporte semanal (cada viernes) de la cartera vencida actualizada,
etc. Resultados que sean productos “entregables”, donde haya un “cliente
interno” que defina los requisitos y un “proveedor interno” que se comprometa
a entregar un resultado.
Un factor determinante que normalmente se pasa por alto es la importancia
de distribuir los objetivos generales entre la estructura organizacional y
convertirlos en metas individuales. Este aspecto es fundamental para definir
el adecuado balance de los recursos en la organización e identificar
prioridades.
Una vez definidas las metas individuales, podremos observar el grado de
efectividad de las personas para alcanzar los resultados. Es de suponer que
todo esfuerzo que supere las expectativas deberá recompensarse. Pero aún
cuando los resultados no sean lo óptimo deseado, estaremos en condiciones de
realizar un análisis más puntual de los recursos involucrados e identificar
procesos críticos, habilidades requeridas u otros elementos clave para el
éxito de la institución o negocio.
La clave está en definir acciones que denoten los resultados concretos que
se espera que ocurran, sin confundirlos con actividades intermedias que forman
parte del proceso para conseguir dichos resultados, que se deriven de
objetivos específicos, que estén basados en conductas observables y que sean
medibles cuantitativa y cualitativamente.
Algunos pasos básicos para medir la productividad sobre una base sólida y
confiable son:
 |  | Definir
objetivos generales a partir de los lineamientos estratégicos de la organización
(misión, visión, valores, factores clave).
|
 | | Alinear
dichos objetivos con las áreas básicas de la organización.
|  | | Desplegar
los objetivos en cada nivel de la estructura.
|  | | Establecer
metas individuales.
|  | | Medir
periódicamente los resultados.
|  | |
Retroalimentar al personal. |
No obstante que pareciera fácil la implantación de una metodología como la
descrita, requiere un fuerte compromiso de la Alta Dirección, la completa
disposición de los mandos medios quienes deberán aplicar el método
cuidadosamente al definir objetivos y metas a sus subordinados, y la
participación total de todos los miembros de la organización, es decir, que
todas las personas que laboran en ella cuenten con al menos una meta o
resultado a lograr que justifique su presencia en la estructura.
Por último, también es fundamental definir políticas que establezcan
claramente que los resultados de cualquier persona tendrán una consecuencia en
dos sentidos:
1) al asociar el sistema al mecanismo de reconocimiento organizacional cuando
los resultados sean positivos y
2) al definir medidas que la organización lo considere conveniente cuando los
resultados no sean los esperados, distinguiendo las fallas a causas humanas de
limitaciones organizacionales.
De esta manera, el sistema deberá pasar por un período de ajuste desde su
implantación hasta lograr que se estabilice para formar parte de la cultura y
se convierta en un elemento importante que asegure la competitividad de la
organización.
*escrito por Jorge Mohar (Consultor Asociado de Zeus Management Consultants)
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